Lograr que nuestros hijos cooperen en casa sin necesidad de gritarles, sermonearles o castigarles es un sueño... Pero como todos los sueños con algo de trabajo y paciencia lo podemos hacer realidad.
lunes, 14 de diciembre de 2015
Como lograr que los niños cooperen en casa sin gritar ni amenazar
Lograr que nuestros hijos cooperen en casa sin necesidad de gritarles, sermonearles o castigarles es un sueño... Pero como todos los sueños con algo de trabajo y paciencia lo podemos hacer realidad.
lunes, 23 de noviembre de 2015
Y si no es con Castigos ¿entoces cómo?
Entonces, cuando hablo a los padres sobre educar sin castigar suelen confundirse aún más y es por esa razón por la cual es común escuchar la pregunta ¿qué hacer? Y la respuesta, por lo general, es usar consecuencias que realmente son “castigos disfrazados”, que envian el mismo mensaje (hacer sentir mal al niño o joven por su falta o error), lo cual no hará que mejore la conducta a largo plazo.
Me parece importante explicar que no hablo de consecuencias obvias, esas que sonnel resultado lógico de las situaciones, sino que de aquellas consecuencias creadas para la situación, que pocas veces tienen relación con el hecho que se busca corregir.
Esto sucede porque el error no es visto como una oportunidad de crecimiento o de aprendizaje, sino como una situación para “castigar”.
domingo, 15 de noviembre de 2015
¿Hijos mandones?..
Desde hace algo más de una década comenzaron a surgir en diferentes ciudades del mundo niños que al parecer se erigen como los jefes indiscutidos de la familia. Son ellos quienes eligen qué se come, dónde se vacaciona, qué canal de televisión se ve, los horarios para dormir y otras actividades de la familia. Amenazan, pegan, agreden psicológicamente a sus padres y parecen no haber desarrollado la empatía, ni ser capaces de experimentar emociones morales como la compasión o la culpa.
Algunos ya lo ven como un fenómeno llamado “Síndrome del Emperador”, haciendo referencia a un tipo de vínculo entre niños y padres, en el cual los niños hacen de sus caprichos ley, y quien no obedezca paga las consecuencias con sus agresiones y tortuosos berrinches. Es una pauta interaccional donde los niños aprenden a controlar a los adultos, logrando que obedezcan y cumplan sus exigencias. Son fáciles de reconocer pues se caracterizan por ser egocéntricos y poseer muy baja tolerancia a la frustración (que, por cierto, no pasa inadvertida). No parecen haber aprendido a auto-controlarse o auto-regular sus emociones y saben a cabalidad los tiempos de los padres, a quienes fácilmente manipulan amenazándolos o esgrimiendo argumentos cambiantes.
Algunos investigadores destacan causas genéticas para este síndrome. Sin embargo, una postura menos reduccionista y más comprensiva de los cambios sociales actuales–a la cual adhiero- señala que esto se debe a modificaciones a nivel familiar y social, más precisamente, a adultos que no ponen límites en forma adecuada y ya no por culpa de los niños sino por no saber distinguir entre autoridad y autoritarismo. Por ejemplo, hoy todos somos testigos de que muchos padres no tienen el tiempo ni la firmeza necesarios para educar y poner límites a sus hijos. Las exigencias económicas los obligan a ausentarse de sus hogares, generando en ellos hábitos culpógenos tendientes a ceder y sobreproteger a sus hijos, consintiéndolos en todo cuanto puedan de manera económica, material o permisiva. Por otro lado, se puede observar una carencia de hábitos familiares afectivos: las pantallas se han interpuesto haciendo que se pierda el contacto corporal propio de actividades como jugar y divertirse con los hijos, o la vieja costumbre de hacerles dormir con un cuento antes de arroparlos y darles su beso de buenas noches.
A nivel social, en general, se abriga una actitud permisiva que fomenta esta actitud infantil y quizás sea por miedo al autoritarismo padecido por muchos adultos que algunos buenos y amorosos padres no nos permitimos ejercer la autoridad, que es muy distinta al autoritarismo, la autoridad es sana y necesaria para el adecuado crecimiento de nuestros hijos y es en sus primeros años en donde debemos ejercerla luego será parte de la relación, luego padres e hijos ejercen autoridad o autocontrol sobre sus vidas, la autoridad en los primeros años permite a nuestros hijos tener standares claros y límites establecidos en base al respeto que se les ha entregado y es eso lo que recibimos de regreso en esos "difíciles años" que parten a los ocho y terminan... Muchas veces no terminan bien.
Por otro lado, la televisión institucionaliza una sociedad de consumo que legitima valores hedonistas y exigencias de “pasarla bien” y hacer lo que deseemos en todo momento sin que nada ni nadie (y mucho menos obligaciones de ningún tipo) se interpongan con nuestra voluntad y a veces esto se ve incluso fomentado en el hogar por padres que hacen todo por sus hijos sin dejarles ayudar o darles responsabilidades "porque son niños". Asi solo se ponderan exigencias adquisitivas y privilegios excesivos, sin considerar responsabilidades ni valorizar el compromiso con metas que requieran un esfuerzo.
Padres dudosos les enseñan a sus hijos ,erróneamente, que todos los límites son negociables, permitiéndoles “muñequear” en todo, mediante berrinches, agresiones físicas o la infalible artillería pesada de los “ábrete sésamos” que declaran a viva voz que sus padres NO son buenos o amenazan con dejar de amarlos. Como si fuese poco, estos padres creen erróneamente que incluyendo a sus hijos en el sistema escolar "alguien más" tiene la responsabilidad de educar a sus hijos, que, por cierto, creen que eso implica poner límites pero sin poder recriminarle a los pequeños pues una clase de "autoridad" que en el colegio o la escuela no deben ejercer.
Cuando estos niños alcanzan la adolescencia consideran descabellado obedecer o respetar a sus padres y maestros, y entienden que lo lógico es que les obedezcan a ellos. Así llegan incluso a agredir físicamente a sus padres. En efecto, son numerosas las denuncias en comisarías por ataques de este tipo. Las estadísticas demuestran que son las madres las principales víctimas de este síndrome, que se da mayoritariamente en familias uniparentales.
Tanto desde la ingeniería como desde la psicología sabemos bien que el secreto está en invertir en buenos cimientos. Para tener niños, adolescentes y adultos sanos debemos comenzar justo ahí, en las bases, en la primera infancia. Aunque pueda parecer difícil, es más simple y “económico” comenzar dando amor, poniendo límites firmes, permitiendo que tengan pequeñas frustraciones para que aprendan a tolerarlas, enseñándoles a comprometerse y esforzarse en pos de sus metas, acompañándolos en sus emociones,enseñándoles a reconocerlas y por sobre todo enseñándoles que las relaciones se basan en respeto… Los beneficios de los esfuerzos invertidos en esta etapa se cosecharán más tarde en la vida y serán sin lugar a dudas muy buenos.
Karla Piccardo
Mamá homeschooler
martes, 3 de noviembre de 2015
Todo sobre las Rabietas y Pataletas
¿QUÉ SON LAS RABIETAS?
Las rabietas, como su propio nombre indica, es una forma de manifestar la rabia o la frustración, habitualmente en los niños, siendo algo frecuente en la edad
comprendida entre los 2 y los 5 años.
Ante todo, me gustaría transmitirte un
mensaje de tranquilidad. Las rabietas son
simple y llanamente la manifestación del
enfado en los más pequeños: Gritan,
lloran, patalean y dan manotazos porque
no tienen una forma más "civilizada" de
gestionar lo que les pasa y necesitan
expresar sus emociones. Los adultos
también nos frustramos en muchas
ocasiones. La diferencia está en que
nosotros tenemos otras herramientas
para gestionarlo como llamar a un amigo;
hacer yoga; ir al gimnasio o “maldecir
para nuestros adentros”. Y ellos utilizan
herramientas un poco más primitivas.
Lo primero que debes tener en cuenta es que no hay emociones negativas, sino
formas negativas de exteriorizarlas. Y de la misma forma que les damos
herramientas para manejarse en cualquier otra situación de la vida, como
enseñarles a hablar, a caminar o a sumar y restar, también tenemos la obligación
de mostrarles cómo identificar y gestionar sus emociones, entre ellas la ira y la rabia. Y hacerlo de una forma “más sofisticada”, que no resulte dañina para los demás, ni lo más importante, para sí mismos.
Cada rabieta debe interpretarse como un mensaje de comunicación: “¡Estoy
enfadado y/o frustrado y sólo sé expresarlo así!”. Antes de actuar pregúntate:
¿Cómo me gustaría que reaccionase mi ser más querido ante mi enfado?
¿SE PUEDEN EVITAR?
Ante esta pregunta, creo que lo mejor que puedo responder es: Por poder, se
puede, pero no se debe. ¿Existe algún adulto (sano) al que todo lo parezca bien y jamás se enfade, se frustre o sienta rabia?. Lo extraño es que existan niños que no tienen rabietas, o bebés que nunca lloran. Lo normal es que todos experimentemos todo tipo de emociones.
Lo que sucede es que pretendemos
evitar el conflicto a toda costa, porque
nos han inculcado que es malo y que
sentir y expresar la rabia es algo
negativo. Que lo correcto es que los
niños sean siempre obedientes y no
generen conflictos.
Esta idea nos ha calado de tal forma
hasta tal punto de etiquetar a los niños
como “buenos” o “malos” en función de
si son obedientes o no y del número de
conflictos que generan. Así, es muy frecuente escuchar durante una rabieta frases como: “Si te enfadas no te quiero”; “¡Qué feo te pones cuando lloras!”; “¡Qué mal te portas!”; ¡Te voy a dar yo razones para llorar!.
Enseñamos a los niños desde pequeños a culpabilizarse cuando sienten ira o
enfado hasta conseguir que no exterioricen sus emociones. Pero el conflicto no es malo, al contrario. Es una situación natural que se produce en todas las especies que nos ayuda a prosperar y que, una vez resuelto, incluso refuerza
nuestros lazos afectivos.
Anticípate:
Lo que sí podemos hacer es anticiparte a situaciones que sabes que generarán
un conflicto. Como por ejemplo: Evitar tener a la vista un paquete de galletas si
sabes que tiene hambre y estás preparando la cena. O no pasar por delante de su juguetería favorita si tienes prisa. Anticipar situaciones de conflicto es mucho más productivo que ceder a última hora. Ejemplo: Ya que ha visto las galletas se las voy a dar para que no llore, a pesar de que estoy preparando la cena (aunque si lo haces un día o dos, no pasa nada, no te culpabilices por ello).
¿QUÉ NO HACER NUNCA ANTE UNA RABIETA?
No te voy a engañar, no existe una fórmula mágica que consiga que una rabieta desaparezca de forma instantánea. No hay una palabra o un gesto que funcione en todos los casos, sin excepción.
Sí que existen ciertas pautas que te daré más adelante que te ayudarán a
gestionarla de una forma sana, no dañina, ni para ti ni para el niño. Pero me
parece muy importante decirte qué NO debes hacer en ningún caso ante una
rabieta infantil.
Como hemos dicho anteriormente una rabieta es una forma de expresión, de
comunicación. Si es ignorada, la comunicación ha fracasado. Si el niño al final se “calma” no significa que haya aprendido a gestionar la rabia, sino que ha llegado a
la fase de resignación que trae de la mano consecuencias muy peligrosas como la
ansiedad o la depresión (indefensión aprendida).
Al ignorar una rabieta estamos transmitiendo un mensaje al niño: “No expreses tus emociones, no me gusta”. Lo mismo sucede si le regañamos; le avergonzamos, le ridiculizamos; le amenazamos o le hacemos chantaje emocional. Todos esos modos de actuar dañan psicológicamente al niño, le hacen sentirse culpable por
sentir, le hacen crear el pánico al conflicto. Una emoción que no se expresa no desaparece, se acumula, se magnifica y luego sale por otro lugar, seguramente en forma de patología.
La clave:
Evita cualquier tipo de actuación que tenga como consecuencia que el niño
reprima sus emociones.
Recuerda:
Los niños no pretenden manipular ni
están haciendo ninguna lucha de
poder.
¿CÓMO AFRONTAR MEJOR ESTAS SITUACIONES?
Lo primero que debemos tener presente es el respeto al niño como individuo. Los
adultos tenemos derecho a enfadarnos y los pequeños, también.
Por eso, cuando me preguntan qué hacer ante una rabieta, lo primero que se me
viene a la cabeza es decir: Actúa exactamente como te gustaría que te tratasen a ti cuando estás enfadado y se lo expresas a tu persona emocionalmente más
cercana.
Imagina que llegas a casa enfadado porque has tenido un enfrentamiento con alguien. Se lo cuentas a tu pareja todavía alterado. Y su respuesta es algo así
como "cuando te calmes vienes y me lo cuentas", "así no se habla, vete a pensar", "No pasa nada, vete a lavarte las manos que la cena está caliente", etc. ¿Cómo te
sentirías? No muy bien, ¿verdad? Quizás ahora te sea más fácil empatizar con los
niños, apuntando además, que ellos viven las emociones de una forma más
intensa y a que nosotros somos sus padres.
Otro punto fundamental es que siempre debemos ir a la causa, no a tapar el
síntoma. Por ejemplo, si tu hijo pega, esto te indica que hay algo que le ocurre. No me centro en el "no se pega" sino en averiguar la causa. Siempre debemos ir a la raíz, igual que en el caso de las rabietas:
¿tiene sus necesidades básicas
cubiertas? Recuerda que las más
importantes son el cariño y la atención.
¿Le ha pasado algo? ¿Está cansado o
enfermo? ¿Qué necesita?
Olvídate de la falsa lucha de poder, y
de pensar en qué opinará la gente de la
calle que observa la rabieta y lo que
hacemos. Procura no centrarte en lo que
piensan los demás y focaliza tu atención
en descubrir la necesidad o malestar que
trata de expresarte el niño mediante su
comportamiento.
¿CÓMO GESTIONAR LAS RABIETAS?
1.- Acompáñale:
Algo tan sencillo como verbalizar lo
que él siente: "Estás enfadado".
Ponerse a su altura mirándole a los
ojos y ofrecerle nuestra cercanía y
nuestro abrazo si lo desea. Si no lo
acepta, decirle que cuando quiera
estamos ahí, cerca y disponibles. Que
les queremos. Esto no quiere decir que
la rabieta cese, aunque por lo general
al menos se atenúa, pero el objetivo no
es ese, no queremos evitarla.
Queremos que nuestro hijo se desarrolle sano.
2. -No pierdas la calma.
Mantener la calma durante los berrinches es fundamental para no empeorar la
situación con tu propia frustración, ya que puedes complicar aún más el estado de las cosas y probablemente tengas que hacer frente a una rabieta mucho mayor.
Si la situación te supera intenta alejarte un momento (si estáis en un lugar público, siempre manteniendo al pequeño en tu campo de visión), respira hondo y cuenta
hasta 10 pausadamente. Sé que suena a tópico, pero te aseguro que bajará tu
nivel de enfado.
3.- Empatiza.
Ten presente que tu hijo no es malo, no te chantajea, y que él también sufre cuando tiene una rabieta. Que esta etapa forma parte de su crecimiento y que llegará un día en que pasará. Así que, si tu pequeño se encuentra en un momento de frustración y enfado, ayúdale a gestionar esas emociones. Como hemos visto, es
fundamental recordar que los niños también son personas y que tenemos que
respetarlos y tenerlos en cuenta como tal.
Ponte en su lugar: “¿Cómo me gustaría que me tratasen a mí si me siento así de mal?”
4.- Sé su ejemplo. Sé coherente.
Las rabietas son una gran ocasión de aprendizaje para el niño y nosotros somos su principal modelo de imitación. Para conseguir que un niño reaccione de una
forma determinada, primero será necesario mostrarle cómo hacerlo. Como suele decirse: “No te preocupes si tu hijo no te escucha. Te observa constantemente”. Si tu hijo de 2 años ha pegado o otro niño en el parque y está en pleno berrinche, podemos decirle de buenas maneras, que eso no se hace y pedirle perdón amablemente en su nombre a la madre y al niño. Aunque parezca increíble, le estás enseñando más así, que obligándole a decir “Perdón” si no lo siente. Lo mismo ocurre con el eterno “Hay que compartir”. Todos los padres casi exigen a sus hijos que compartan. Sin embargo, no veo ese mismo ímpetu a la
hora de hacerlo entre los adultos. Creo que éste es un ejemplo perfecto de que
enseñamos más con lo que hacemos
que con lo que decimos. ¿Tú dejas tu
coche con facilidad a alguien que
acabas de conocer? Entonces...
¿Por qué forzamos a los niños a que
ellos lo hagan y encima les tachamos
de ser malos si se niegan?
5.- Sé flexible.
Rosa Jové nos invita a reflexionar sobre esta frase ante las rabietas de los niños:
¿En cinco años esto importará?
Y es que en ciertas ocasiones somos los adultos los que nos ofuscamos con una
cosa y comenzamos una absurda lucha de poder. Si lo que pide el niño no es
peligroso y en cinco años no importará, ¿por qué no dejarle hacerlo? ¿Por qué no
puede ponerse unos zapatos de charol con un chándal? ¿Por qué no podemos
quedarnos 15 minutos más en el parque? ¿Qué pasa si no se baña un día? Por
supuesto, cada familia tiene sus normas y su forma de comportarse, pero conviene
recordar que, en esta etapa, los niños están aprendiendo a tomar sus propias
decisiones, y que les dejemos hacerlo les da seguridad. Por tanto, un poco de
flexibilidad ocasionalmente les viene bien tanto a ellos como a nosotros, que nos
ahorraremos entrar en una discusión, quizás, innecesaria.
6.- Distracción.
La distracción juega un papel muy importante dada la forma en la que los niños sienten las emociones (puras, intensas y del momento presente). Una vez que le ha quedado claro que sabemos lo que siente, que lo aceptamos y que estamos a su lado y le queremos podemos distraerlo con un juego que le guste, o
comenzando a cantar una canción que le guste con intención de que se una.
Hacer tonterías con los niños es maravilloso. Ver cómo sus ojos se iluminan, cómo entran en el juego, cómo aportan sus ideas, cómo se ríen. La imaginación es nuestras gran aliada para acompañar a nuestros hijos.
7.- Paciencia y cariño.
Este punto casi podría resumir todos los anteriores. Ahora veremos dos
herramientas muy prácticas para gestionar la rabia y la ira. Pero creo que todo lo que has leído hasta ahora puede resumirse en esto: Los niños necesitan sentirse queridos y respetados. Por supuesto que es necesario inculcarles ciertos límites de comportamiento. Pero si lo hacemos partiendo del ejemplo y del amor que les tenemos, nos será siempre mucho más fácil.
martes, 22 de septiembre de 2015
"Inhala" y "Exhala" Tiempo entre tú y yo...
¿Cuánto tiempo pasas verdaderamente con tus hijos? ¿Cuáles son las actividades que realizas mientras estás con ellos?
Esta reflexión inspirada en el método waldorf probablemente te haga ver las cosas desde otra perspectiva...
Cuando tenemos hijos pequeños uno se siente cansado, duerme poco y tiene, en consecuencia, muy poca energía. Esto genera, con frecuencia, que flaqueemos en situaciones en las que no deberíamos ceder, o que nos gane el enojo y la irritación, lo que motiva que dejemos de estar presentes, y cuando uno no está presente los niños se salen del carril y además no nos sentimos bien con nosotros mismos. Para facilitarnos la vida diaria con niños pequeños es útil considerar tres aspectos: ser flexibles, establecer límites y llevar la misma rutina todos los días.
Llegar a ser flexibles es el resultado de la observación interior objetiva. Es posible ejercitar la flexibilidad mediante un trabajo interno que implique el aprender sobre nosotros mismos.
En relación con los límites es necesario que cada quien los defina y establezca qué es lo que se permite a los niños en casa: la hora de ir a dormir, la hora de comer, qué comer, qué palabras se usan en familia y cuáles no, etc. Es importante definir previamente los límites para que en lugar de decir "esto no", "aquello tampoco", "eso menos" y llegar al enojo, uno simplemente no les permite a los niños rebasar los límites y así no es necesario enojarse. Si nos adelantamos al niño y vemos venir una situación, podemos alejar esa situación con humor y el gesto o la palabra correctos, y esto sólo será posible si se ejercita la flexibilidad. Conocernos más interiormente nos da la posibilidad de adelantarnos también a nosotros mismos y cuando se es hábil en el manejo de esta herramienta uno puede comenzar a trabajar con los hijos de una manera más libre, gracias a que los límites han quedado establecidos.
La tercera recomendación que menciono arriba es hacer una rutina, la misma para cada día, eso le da ritmo al niño.
En el sistema Waldorf los niños viven a lo largo del día períodos alternados de concentración y expansión, como si fuera un ritmo respiratorio en el que hay inhalación y exhalación.
En la fase de inhalación el niño dirige su atención hacia una actividad que, básicamente, lo relaciona consigo mismo. Para los niños pequeños cada período de inhalación (dibujar, pintar acuarela, tejer, comer, etc.) debe durar poco, porque los niños pequeños pueden concentrarse solo por períodos cortos de tiempo. En la fase de exhalación el niño se relaciona principalmente con su entorno (juego libre, correr libremente, etc).
Por cada período de inhalación el niño necesita uno de exhalación y así se establece un patrón. Este ritmo es algo que podemos llevar a casa. Tenemos que averiguar cuáles de las actividades o momentos que se viven en casa son actividades donde el niño "inhala" y en cuáles el niño "exhala" y cuando el niño está en un período de inhalación, hay que, asegurarnos de estar presentes para él de tal manera que el niño sepa que efectivamente estamos ahí para él.
Tras lo cual, por corto tiempo, podemos dedicarnos a nuestras tareas o pendientes en casa y podemos decirle al niño: "Espera un momento porque necesito hacer tal cosa". Esto está bien, porque sabemos que ya hemos estado presentes con el niño.
Revisemos alguna situación común por ejemplo cuando los padres recogen a sus hijos del Jardín de Niños... en el preciso momento que estamos recibiendo al niño, suena el celular ¿contestamos? ¿saludamos a las otras mamás y nos involucramos en una conversación larga o intensa? Si es así entonces no estamos presentes para el niño. He visto a muy pocos padres que realmente saluden a los niños, la mayoría habla con otros adultos, atiende asuntos de la escuela, habla por el celular o llega tarde y con prisa. Sin embargo, para el niño que ha estado lejos de su mamá o papá durante cinco horas y que realmente los necesita, los quiere…. ellos no están ahí, así que el niño grita "¡Quiero helado!", "¡Quiero esto o aquello! o comienza a correr alrededor o a caerse o se involucra en algún pequeño conflicto porque está confundido, porque no se ha reunido realmente con su mamá o papá. A diferencia de si nos tomamos el tiempo (y quizá no se necesiten más de cinco segundos), nos inclinamos y le damos un abrazo y lo olemos (mmh, ¡qué agradable!) y realmente estamos ahí, sus ojos nos dirán más que las palabras cómo estuvo su día. No puede decírnoslo con palabras porque, a su edad, no puede recordar, pero sus ojos nos lo dirán todo. Después tomamos su manito y caminamos juntos (a un paso que el niño pueda seguir) y esto es maravilloso porque estamos creando una nueva situación positiva, un "momento de tú y yo" . Después de eso, si es necesario saludar a la gente, podemos hacerlo brevemente, pero junto con el niño, de modo que él sienta "Estoy donde pertenezco, con mi mamá (o papá)." Ésta es pues, una situación de inhalación en la que si estuvimos presentes.
Luego, nos vamos al auto y a casa (exhalación) y quizá sea ya la hora de comer, que nos trae el siguiente momento de inhalación ¿Cómo es ese momento? ¿Nos sentamos a comer junto con el niño? ¿O está el niño sentado solo mientras nosotros caminamos al tiempo que hablamos por teléfono? Si nos damos el tiempo para sentarnos con el niño, podremos enseñarle modales en la mesa mediante el ejemplo. Actualmente muchos niños no se sientan con sus padres a la mesa y no aprenden a tomar una cuchara o un cuchillo de manera apropiado. Esto es importante porque si no se hace, cuando cumplan siete años no podrán tomar el lápiz adecuadamente y aprender a hacerlo a esa edad es mucho más difícil que a la edad de uno o dos años. Además, sentarse a la mesa y tener un proceso que tiene un inicio, un desarrollo y un final es importante porque los procesos de la vida así son, tienen un inicio, un desarrollo y un final. Pero si andamos por ahí, nos sentamos a la mesa por momentos y nos levantamos cuando nos plazca, no estamos enseñando al niño nada de esto. Quizá no nos tome más de diez o quince minutos sentarnos apropiadamente, verificar que el niño está tomando adecuadamente el vaso y bebiendo de él (los niños de más de un año no necesitan usar un vaso entrenador) y que está tomando la cuchara adecuadamente. Al comer nosotros masticamos con la boca cerrada, comemos lo que está servido, etc., con lo cual estamos siendo ejemplo para nuestros hijos y más importante todavía, nos hemos tomado un tiempo para crear nuevamente un "momento de tú y yo" además de ayudar al niño a encontrar una forma social sobre cómo nos comportamos cuando comemos juntos. Cuando terminamos de comer le recordamos al niño que tiene que ayudar a recoger la mesa y así aprende que cuando él es parte de una situación social, también debe participar del momento de la limpieza. Haciendo todo esto hemos creado una situación en la que hemos estado presentes y ahora podemos decir al niño "Ve y juega" (exhalación) porque ya hemos estado ahí para él y ahora podemos atender nuestras tareas de adulto, siempre dentro del campo de visión del niño. Esto último es importante porque un niño pequeño no puede jugar por sí solo si el centro no está ahí y nosotros, mamás o papás, somos la persona más importante para el niño, somos su centro, así que si salimos de la habitación donde él está nos va a seguir.
Puede suceder que, mientras uno está atendiendo sus propios asuntos, el niño se acerque y diga "Estoy aburrido". En este caso, por supuesto, no encendemos la televisión ni le ponemos una película, ni caricaturas, ni música grabada. En esos momentos es válido decir "Ve a jugar tú solo". Si sabemos que hemos estado realmente presentes podemos esperar que ellos encuentren qué hacer consigo mismos. Es muy importante no tener temor de que nuestros hijos no sepan qué hacer o estén aburridos. Es fundamental sentir que eso está bien: He estado presente con mi hijo o hija, ahora él o ella puede estar consigo mismo. Actualmente los padres de familia ofrecen a menudo a sus hijos los medios electrónicos o los involucran en actividades dirigidas por adultos porque temen que sus niños se aburran y dan por hecho que éstos no saben qué hacer consigo mismos. Esta es una situación engañosa porque si creemos que nosotros como padres tenemos que entretener a los hijos menores de siete años todo el tiempo con medios electrónicos de entretenimiento (películas, televisión, videojuegos, etc.), o con clases por la tarde u otras actividades dirigidos por adultos, entonces los niños no aprenden a jugar por si solos, no tendrán un momento en el que puedan experimentar el estado de no saber qué hacer para desde ahí avanzar a un estado en el que puedan encontrar imágenes interiores y así crear cosas desde dentro. Así que, al permitir que los niños se aburran, les estamos ayudando, porque estar aburridos les da la oportunidad de involucrarse en un proceso de creatividad interna. El hecho de que los niños puedan estar consigo mismos y puedan crear su propio juego sin la dirección de un adulto es de gran importancia, porque durante los primeros siete años de vida todo se trata sobre ser capaces de crear.
Si todas las actividades que los niños hacen vienen de fuera (pantallas electrónicas, videojuegos, dirección adulta, etc.) entonces no pasa mucho en el ámbito de la creación interna. Por ello, en los Jardines de Niños Waldorf, las maestras no se sientan a jugar con los niños, sino que hacen trabajo real necesario en el salón o el área exterior, del cual los niños toman inspiración para su propio juego. En este tipo de Jardines de Niños veremos a maestras barriendo, cocinando, cosiendo, ocupándose del huerto de hortalizas, cuidando animales de granja, cortando madera o cualquier cosa que el entorno e instalaciones particulares de cada escuela permita hacer. Igualmente uno, como mamá o papá, en la fase de exhalación, puede hacer su trabajo y los niños el suyo, es decir, jugar. Esto es posible sólo cuando los niños sienten que se han encontrado verdaderamente con su mamá o papá en una fase previa de inhalación.
Lo mismo pasa cuando los niños se van a la cama por la noche. Lo que los niños aman escuchar son historias de la vida de su mamá o papá. Ni los libros, ni la radio, ni la música, ni las películas o caricaturas tiene el mismo impacto en el niño que escucha a su mamá o papá. Encontrar la propia historia para contar significa tanto y es, además, una herramienta con la que puede uno cambiar situaciones que están atoradas. Es muy difícil para los niños soltar a su mamá o papá si sienten que éstos no han estado presentes, pero si hemos abrazado al niño, le hemos soplado suavemente en su orejita, le hemos contado alguna historia desde el corazón, entonces realmente hemos estado ahí, entonces es posible darle un beso y acostarlo y sentir que hemos estado presentes. Solo así podemos esperar que el niño, duerma sin nuestra compañía y no tema dormir solo.
Muchos padres llegan a situaciones en las que tienen que estar tomando la mano de su hijo o hija, tienen que acostarse a su lado, tienen que leer veinte historias, cantar cincuenta canciones… y todo esto toma una, una y media o hasta dos horas y cuando por fin salen con sigilo de la habitación, escuchan: ¡Mami, quiero agua! Entonces es un estado terrible en el que quieren matar al niño. Es posible evitar esto estableciendo los límites y encontrando la manera para sentir que es razonable dejar al niño consigo mismo porque hemos estado presentes en diversas situaciones a lo largo del día. De otra manera, si no ha habido "momentos de tú y yo" con los que el niño se llene suficientemente del amor de sus padres y si, además, no se le ha dado oportunidad de jugar por sí solo, de trabajar desde dentro, no se debe esperar que pueda dormir por sí solo.
Hay otro aspecto tocante al tiempo que pasan los padres con los niños sobre el que me gustaría llamar la atención. Si llevamos a los niños de clase en clase o los entregamos a los medios electrónicos en sus muy diversas formas para que los mantengan "ocupados", entonces pasamos menos tiempo con los niños. Pero los niños son pequeños por muy corto tiempo. En el momento en que los son podemos pensar que es un tiempo que durará mucho, pero en menos de lo que canta un gallo veremos que ha quedado atrás. Si dejamos a los niños involucrarse en su propio juego estando nosotros cerca mientras atendemos nuestras propias tareas, si al acabar nos unimos a ellos y su juego y si estamos realmente presentes en las situaciones de "inhalación" ahondaremos la confianza, que ya existe, del niño hacia nosotros. Esta confianza será muy importante el día de mañana cuando lleguen a la prepubertad y a la pubertad, porque será la que los acercará a nosotros, sus padres, cuando tengan problemas o será la que los llevará a oírnos cuando les digamos qué hacer y qué no hacer. Harán esto sólo si confían en nosotros, si hemos estado ahí para ellos, de lo contrario los hijos no vendrán a nosotros y emergerá un sin número de problemas. Por eso es que los primeros siete años del niño son tan importantes, porque esa confianza plena, ese creer que el mundo es bueno es la base de su vida futura.
Después de esos primeros siete años uno ya no tiene mucho que decir si no ha sido participe de los primeros mome tos importantes en la vida, alli pues son los amigos los que toman importancia y su elección de amistades tiene mucho que ver con los principios morales que les hemos enseñado y hemos construido con ellos a lo largo de esos primeros siete años. Además, si a los niños se les da oportunidad de trabajar desde dentro, se conocerán a sí mismos y serán capaces de decir "No" cuando se topen con algo que no les guste y decir "Sí" a lo que si quieren. Uno es capaz de hacer una elección si se conoce a sí mismo, y un ser humano que puede hacer una elección tiene una autoestima sana.
En este contexto es de cierta manera, un poco difícil para las familias que escogieron educar en el metodo Waldorf porque hemos escogido un camino difícil porque se dirá "no" a lo que es considerado como normal y esto significa que emergerán muchas situaciones en las que somos diferentes de los demás, pero hemos hecho una elección. No podemos estar con un pie en un lado y el otro pie en el otro; a veces quisiéramos, pero no es posible. Una vez que se ha tomado este camino, el de actuar con conciencia, entonces uno se fija en la comida, en los tiempos adecuados (en qué momento hago qué con mi hijo), en la crianza, en todo.
Créanme son años de duro trabajo y dedicación a nuestros hijos pero el resultado es fantástico porque podemoso ver cómo ellos pueden salir a la vida con libertad y sabiduría porque ya no nos necesitarán, pero nos amarán y les gustará estar con nosotros y a sus amigos también. Este es, creo yo, el anhelo más elevado que deseamos como padres: que cuando nuestros hijos sean adultos, por momentos, ellos escojan libremente estar con nosotros. Podemos descubrir con nuestros hijos una nueva forma de relación social porque tenemos una conciencia diferente que nos permitirá encontrarnos con ellos de mejor manera.
viernes, 31 de julio de 2015
La transmisión del límite o como poner normas a nuestros hijos.
El límite es definido como “Línea real o imaginaria que separa dos territorios” y aunque parezca raro, los límites generan libertad, pues al definir lo prohibido establecen también todo aquello que está permitido. Son anclajes a la realidad que nos proveen de cierta estabilidad y, a partir de ello generan sensación de tranquilidad y bienestar, tienen estrecha relación con nuestros valores y la forma en que queremos que nuestros hijos participen del mundo.
Predecibles: Qué quiero decir con esto de que sean limites predecibles, pues que en casa debemos tener una rutina y un orden familiar establecidos en los que los limites sean claros y este establecido qué pasa si se trasgrede.
Unánimes: Para poder poner límites con facilidad y sin enojos es necesario un acuerdo entre todos quienes integran la familia logrando asi un mensaje unánime. Todos los adultos que intervienen en la vida cotidiana del niño: padres, abuelos, niñera, tíos, etc, deben generar acuerdos en cuanto a los límites, es decir, deben decir lo mismo y jamás desautorizarse mutuamente frente al niño.
Claros: El mensaje que transmitimos debe ser claro, nuestro hijo no nació sabiendo, si queremos que en ciertos lugares esté tranquilo debemos explicarle qué es estar tranquilo y cómo puede lograrlo, siempre debe haber claridad en el mensaje: los padres debemos ser precisos con lo que pedimos, es así como si queremos que estudie debemos especificar de antemano los horarios, el lugar y los elementos de estudio que podrá usar en esa ocasión Para que el límite pueda ser claro, los padres debemos tener las cosas en claro desde un principio, tanto las creencias, como los hábitos , costumbres y valores que pretendemos inculcar.
Flexibles: A que me refiero con esto, quiero decir que los límites deben ser flexibles según el paso del tiempo pues no es lo mismo un límite para un niño de 3 años que el que le pondremos a uno de 7, de 10 o de mayor edad. Los límites deben ser revisados y modificados a medida que nuestro hijo crece y gana autonomía.
Los niños necesitan padres seguros y tranquilos. Muchos al poner el límite, lo hacen retando al niño de antemano, a gritos, enojados, como anticipándose a que no van a ser respetados, impartiendo un castigo antes de que el niño transgreda el límite, es mejor hacerlo tanto tranquilos como firmes y seguros, así el niño entenderá de mejor manera lo que queremos transmitir, pues no se sentirá en peligro o asustado.
"Los límites son absolutamente necesarios ya que organizan y crean una realidad, generan valores y transmiten maneras de ver y vivir la vida".
Karla Piccardo
Mamá Homeschooler


