martes, 3 de noviembre de 2015

Todo sobre las Rabietas y Pataletas

¿QUÉ SON LAS RABIETAS?

Las rabietas, como su propio nombre indica, es una forma de manifestar la rabia o la frustración, habitualmente en los niños, siendo algo frecuente en la edad
comprendida entre los 2 y los 5 años.
Ante todo, me gustaría transmitirte un
mensaje de tranquilidad. Las rabietas son simple y llanamente la manifestación del
enfado en los más pequeños: Gritan,
lloran, patalean y dan manotazos porque
no tienen una forma más "civilizada" de
gestionar lo que les pasa y necesitan
expresar sus emociones. Los adultos
también nos frustramos en muchas
ocasiones. La diferencia está en que
nosotros tenemos otras herramientas
para gestionarlo como llamar a un amigo;
hacer yoga; ir al gimnasio o “maldecir
para nuestros adentros”. Y ellos utilizan
herramientas un poco más primitivas.
Lo primero que debes tener en cuenta es que no hay emociones negativas, sino
formas negativas de exteriorizarlas. Y de la misma forma que les damos
herramientas para manejarse en cualquier otra situación de la vida, como
enseñarles a hablar, a caminar o a sumar y restar, también tenemos la obligación
de mostrarles cómo identificar y gestionar sus emociones, entre ellas la ira y la rabia. Y hacerlo de una forma “más sofisticada”, que no resulte dañina para los demás, ni lo más importante, para sí mismos.
Cada rabieta debe interpretarse como un mensaje de comunicación: “¡Estoy
enfadado y/o frustrado y sólo sé expresarlo así!”. Antes de actuar pregúntate:
¿Cómo me gustaría que reaccionase mi ser más querido ante mi enfado?

¿SE PUEDEN EVITAR?

Ante esta pregunta, creo que lo mejor que puedo responder es: Por poder, se
puede, pero no se debe. ¿Existe algún adulto (sano) al que todo lo parezca bien y jamás se enfade, se frustre o sienta rabia?. Lo extraño es que existan niños que no tienen rabietas, o bebés que nunca lloran. Lo normal es que todos experimentemos todo tipo de emociones.
Lo que sucede es que pretendemos
evitar el conflicto a toda costa, porque
nos han inculcado que es malo y que
sentir y expresar la rabia es algo
negativo. Que lo correcto es que los
niños sean siempre obedientes y no
generen conflictos.
Esta idea nos ha calado de tal forma
hasta tal punto de etiquetar a los niños
como “buenos” o “malos” en función de
si son obedientes o no y del número de
conflictos que generan. Así, es muy frecuente escuchar durante una rabieta frases como: “Si te enfadas no te quiero”; “¡Qué feo te pones cuando lloras!”; “¡Qué mal te portas!”; ¡Te voy a dar yo razones para llorar!.
Enseñamos a los niños desde pequeños a culpabilizarse cuando sienten ira o
enfado hasta conseguir que no exterioricen sus emociones. Pero el conflicto no es malo, al contrario. Es una situación natural que se produce en todas las especies que nos ayuda a prosperar y que, una vez resuelto, incluso refuerza
nuestros lazos afectivos.
Anticípate:
Lo que sí podemos hacer es anticiparte a situaciones que sabes que generarán
un conflicto. Como por ejemplo: Evitar tener a la vista un paquete de galletas si
sabes que tiene hambre y estás preparando la cena. O no pasar por delante de su juguetería favorita si tienes prisa. Anticipar situaciones de conflicto es mucho más productivo que ceder a última hora. Ejemplo: Ya que ha visto las galletas se las voy a dar para que no llore, a pesar de que estoy preparando la cena (aunque si lo haces un día o dos, no pasa nada, no te culpabilices por ello).

¿QUÉ NO HACER NUNCA ANTE UNA RABIETA?

No te voy a engañar, no existe una fórmula mágica que consiga que una rabieta desaparezca de forma instantánea. No hay una palabra o un gesto que funcione en todos los casos, sin excepción.
Sí que existen ciertas pautas que te daré más adelante que te ayudarán a
gestionarla de una forma sana, no dañina, ni para ti ni para el niño. Pero me
parece muy importante decirte qué NO debes hacer en ningún caso ante una
rabieta infantil.
Como hemos dicho anteriormente una rabieta es una forma de expresión, de
comunicación. Si es ignorada, la comunicación ha fracasado. Si el niño al final se “calma” no significa que haya aprendido a gestionar la rabia, sino que ha llegado a
la fase de resignación que trae de la mano consecuencias muy peligrosas como la
ansiedad o la depresión (indefensión aprendida).
Al ignorar una rabieta estamos transmitiendo un mensaje al niño: “No expreses tus emociones, no me gusta”. Lo mismo sucede si le regañamos; le avergonzamos, le ridiculizamos; le amenazamos o le hacemos chantaje emocional. Todos esos modos de actuar dañan psicológicamente al niño, le hacen sentirse culpable por
sentir, le hacen crear el pánico al conflicto. Una emoción que no se expresa no desaparece, se acumula, se magnifica y luego sale por otro lugar, seguramente en forma de patología.
La clave:
Evita cualquier tipo de actuación que tenga como consecuencia que el niño
reprima sus emociones.
Recuerda:
Los niños no pretenden manipular ni
están haciendo ninguna lucha de
poder.

¿CÓMO AFRONTAR MEJOR ESTAS SITUACIONES?

Lo primero que debemos tener presente es el respeto al niño como individuo. Los
adultos tenemos derecho a enfadarnos y los pequeños, también.
Por eso, cuando me preguntan qué hacer ante una rabieta, lo primero que se me
viene a la cabeza es decir: Actúa exactamente como te gustaría que te tratasen a ti cuando estás enfadado y se lo expresas a tu persona emocionalmente más
cercana.
Imagina que llegas a casa enfadado porque has tenido un enfrentamiento con alguien. Se lo cuentas a tu pareja todavía alterado. Y su respuesta es algo así
como "cuando te calmes vienes y me lo cuentas", "así no se habla, vete a pensar", "No pasa nada, vete a lavarte las manos que la cena está caliente", etc. ¿Cómo te
sentirías? No muy bien, ¿verdad? Quizás ahora te sea más fácil empatizar con los
niños, apuntando además, que ellos viven las emociones de una forma más
intensa y a que nosotros somos sus padres.
Otro punto fundamental es que siempre debemos ir a la causa, no a tapar el
síntoma. Por ejemplo, si tu hijo pega, esto te indica que hay algo que le ocurre. No me centro en el "no se pega" sino en averiguar la causa. Siempre debemos ir a la raíz, igual que en el caso de las rabietas:
¿tiene sus necesidades básicas
cubiertas? Recuerda que las más
importantes son el cariño y la atención.
¿Le ha pasado algo? ¿Está cansado o
enfermo? ¿Qué necesita?
Olvídate de la falsa lucha de poder, y
de pensar en qué opinará la gente de la
calle que observa la rabieta y lo que
hacemos. Procura no centrarte en lo que
piensan los demás y focaliza tu atención
en descubrir la necesidad o malestar que
trata de expresarte el niño mediante su
comportamiento.

¿CÓMO GESTIONAR LAS RABIETAS?

1.- Acompáñale:

Algo tan sencillo como verbalizar lo
que él siente: "Estás enfadado".
Ponerse a su altura mirándole a los
ojos y ofrecerle nuestra cercanía y
nuestro abrazo si lo desea. Si no lo
acepta, decirle que cuando quiera
estamos ahí, cerca y disponibles. Que
les queremos. Esto no quiere decir que
la rabieta cese, aunque por lo general
al menos se atenúa, pero el objetivo no
es ese, no queremos evitarla.
Queremos que nuestro hijo se desarrolle sano.

2. -No pierdas la calma.

Mantener la calma durante los berrinches es fundamental para no empeorar la
situación con tu propia frustración, ya que puedes complicar aún más el estado de las cosas y probablemente tengas que hacer frente a una rabieta mucho mayor.
Si la situación te supera intenta alejarte un momento (si estáis en un lugar público, siempre manteniendo al pequeño en tu campo de visión), respira hondo y cuenta
hasta 10 pausadamente. Sé que suena a tópico, pero te aseguro que bajará tu
nivel de enfado.

3.- Empatiza.
Ten presente que tu hijo no es malo, no te chantajea, y que él también sufre cuando tiene una rabieta. Que esta etapa forma parte de su crecimiento y que llegará un día en que pasará. Así que, si tu pequeño se encuentra en un momento de frustración y enfado, ayúdale a gestionar esas emociones. Como hemos visto, es
fundamental recordar que los niños también son personas y que tenemos que
respetarlos y tenerlos en cuenta como tal.
Ponte en su lugar: “¿Cómo me gustaría que me tratasen a mí si me siento así de mal?”

4.- Sé su ejemplo. Sé coherente.

Las rabietas son una gran ocasión de aprendizaje para el niño y nosotros somos su principal modelo de imitación. Para conseguir que un niño reaccione de una
forma determinada, primero será necesario mostrarle cómo hacerlo. Como suele decirse: “No te preocupes si tu hijo no te escucha. Te observa constantemente”. Si tu hijo de 2 años ha pegado o otro niño en el parque y está en pleno berrinche, podemos decirle de buenas maneras, que eso no se hace y pedirle perdón amablemente en su nombre a la madre y al niño. Aunque parezca increíble, le estás enseñando más así, que obligándole a decir “Perdón” si no lo siente. Lo mismo ocurre con el eterno “Hay que compartir”. Todos los padres casi exigen a sus hijos que compartan. Sin embargo, no veo ese mismo ímpetu a la
hora de hacerlo entre los adultos. Creo que éste es un ejemplo perfecto de que
enseñamos más con lo que hacemos
que con lo que decimos. ¿Tú dejas tu
coche con facilidad a alguien que
acabas de conocer? Entonces...
¿Por qué forzamos a los niños a que
ellos lo hagan y encima les tachamos
de ser malos si se niegan?

5.- Sé flexible.

Rosa Jové nos invita a reflexionar sobre esta frase ante las rabietas de los niños:
¿En cinco años esto importará?
Y es que en ciertas ocasiones somos los adultos los que nos ofuscamos con una
cosa y comenzamos una absurda lucha de poder. Si lo que pide el niño no es
peligroso y en cinco años no importará, ¿por qué no dejarle hacerlo? ¿Por qué no
puede ponerse unos zapatos de charol con un chándal? ¿Por qué no podemos
quedarnos 15 minutos más en el parque? ¿Qué pasa si no se baña un día? Por
supuesto, cada familia tiene sus normas y su forma de comportarse, pero conviene
recordar que, en esta etapa, los niños están aprendiendo a tomar sus propias
decisiones, y que les dejemos hacerlo les da seguridad. Por tanto, un poco de
flexibilidad ocasionalmente les viene bien tanto a ellos como a nosotros, que nos
ahorraremos entrar en una discusión, quizás, innecesaria.

6.- Distracción.

La distracción juega un papel muy importante dada la forma en la que los niños sienten las emociones (puras, intensas y del momento presente). Una vez que le ha quedado claro que sabemos lo que siente, que lo aceptamos y que estamos a su lado y le queremos podemos distraerlo con un juego que le guste, o
comenzando a cantar una canción que le guste con intención de que se una.
Hacer tonterías con los niños es maravilloso. Ver cómo sus ojos se iluminan, cómo entran en el juego, cómo aportan sus ideas, cómo se ríen. La imaginación es nuestras gran aliada para acompañar a nuestros hijos.

7.- Paciencia y cariño.

Este punto casi podría resumir todos los anteriores. Ahora veremos dos
herramientas muy prácticas para gestionar la rabia y la ira. Pero creo que todo lo que has leído hasta ahora puede resumirse en esto: Los niños necesitan sentirse queridos y respetados. Por supuesto que es necesario inculcarles ciertos límites de comportamiento. Pero si lo hacemos partiendo del ejemplo y del amor que les tenemos, nos será siempre mucho más fácil.